Una de las cosas que dijo Santiago Abascal en el programa de Bertin Osborne fue que muchos gays no participan de la locura exhibicionista que parece haberse extendido entre el colectivo gay, y me recordó una conversación reciente con un antiguo amigo del instituto: Alberto no se sentía representado en absoluto por ninguna de las manifestaciones ni estereotipos que corren ya peligro de definir para siempre a los homosexuales como seres estridentes y concentrados en guettos; de hecho, su vida siempre ha transcurrido en lo que debería ser el ideal de una opción sexual diferente: la normalidad.

Alberto define la utilización política del colectivo gay con una frase acertadísima: “Te quiero mucho, maricón, pero quédate en Chueca”, y aclara que precisamente esa idea del colectivo cerrado es la que reduce a los homosexuales a continuar arrastrando el sambenito de la diferencia negativa.

A Alberto nadie le ha molestado nunca por ser gay. Tampoco ha planteado nunca su opción sexual como algo que se prestara a debate. Cada uno es libre de acostarse con quien le dé la gana- que hasta ahí podíamos llegar- sin necesidad de hacer de su intimidad un espectáculo. Es como Nacho Duato: elegante, con talento, un ser bellísimo con la personalidad suficiente para no tener que dar explicaciones sobre su opción sexual.

Una vez se me ocurrió comentar que la cabalgata del orgullo gay me parecía una horterada, y me llovieron las críticas. Homófoba fue lo más bonito que me llamaron y además no atendían a razones, porque hay mucho irracional suelto por esas redes que no tiene comprensión lectora: a mí, y a cualquiera que tenga buen gusto, me parece una horterada la cabalgata de marras porque no veo nada artístico en un señor con taparrabos frotándose contra el oso del madroño, y me parece además que ese señor ensucia con su actitud ordinaria un modo de vida que hace ya muchos años se comprende como normal, y contribuye a agrandar el estereotipo de loca exhibicionista que me subleva.

Los gays no son personas diferentes: lo diferente es su opción sexual. Un ordinario es un ordinario se acueste con quien se acueste, con la diferencia de que el ordinario gay no quiere críticas, y confunde el rechazo a su ordinariez con el rechazo a su condición de gay. Quién critica automáticamente es homófobo, aunque lleve años instalado en la convicción de la normalidad, porque si… Porque ellos lo dicen.

Luego te salen hablando del obispo de Alcalá y de la chorrada esa de las terapias para curar la homosexualidad como si tú fueras partidaria, o como si este señor hablara en nombre de todos los católicos – que no lo hace-, por obispo que sea es noticia precisamente porque lo que dice no lo comparte nadie.

GAYS SIN ETIQUETAS: HAY VIDA FUERA DE CHUECA

La lucha por los derechos del colectivo gay debería centrarse en recrudecer las leyes para que quien tenga ganas de ofender o agredir a cualquiera por su condición sexual se lo piense dos veces antes de hacerlo, ya que no por sentido común al menos por temor a las consecuencias; pero los estereotipos hay que romperlos. Tendría mucho más peso organizar programas culturales que cabalgatas histriónicas, y mostrar a los miles de profesionales serios que son gays como ejemplo si es que hay que mostrar a alguien, que a mí eso de señalar o señalarse me parece una barbaridad.

 

En todo caso quede claro que no todos los gays son partidarios del extremo ideológico del colectivo como bien dijo Santiago Abascal… Y que no hay necesidad de encerrarse uno mismo en estereotipos. Hay vida – y mucha- fuera de Chueca.

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