NOTRE DAME DE PARÍS: LO QUE NO DESTRUYÓ EL FUEGO

Notre Dame no estaba en las piedras, bellísima piedra que un día propusiera Salvador Dalí teñir de rosa a un estupefacto Georges Pompidou : “¿Se imagina usted Notre Dame completamente rosa?”. Cuenta Roger Vadim que Pompidou estuvo tentado de tomarse en serio la recomendación hasta que le avisaron de que Dalí no hablaba en serio, y que los franceses podían tomarse como una ofensa personal cualquier transformación moderna de Notre Dame. Dalí llegó a imaginar la catedral de París en llamas, movido por ese afán del genio que a veces se recrea en imaginar la destrucción de lo amado cuando ésto no ha sido fruto de su creación, y reflejó esa imagen -hoy premonitoria- en un grabado de 1969. Notre Dame ha sido siempre emblema de París, y de la cristiandad: uno de las maravillas que han dado testimonio de la capacidad del hombre para crear y destinar lo bello, lo perfecto, al homenaje divino. La catedral de París era el recinto donde se adoraba la verdadera Señora, representada en esa imagen que ha sobrevivido al terrible incendio y abandonaba las ruinas de su antigua casa en los brazos emocionados de los bomberos.

Grabado premonitorio de Salvador Dali fechado en 1969

A mí esta imagen me ha conmovido mucho, más que las imágenes de las llamas devorando el patrimonio artístico, porque me parece que el sentimiento de devoción en la cara de los bomberos, el cuidado con el que esas manos han rescatado la imagen de María, son prueba palpable de que lo verdaderamente importante, que es el sentimiento, no se destruye. Es verdaderamente admirable la profesión de bombero, no ya por el valor, sino por el sentimiento, que nos recuerda que el héroe no es un ser mitológico esculpido en piedra como las gárgolas de Víctor Hugo, sino profundamente humano. En brazos de los bomberos Nuestra Señora parecía una vida preciosa que hubiera sido posible rescatar, contra todo pronóstico, incólume entre las llamas.

Emocionante momento en que los bomberos parisinos rescatan la imagen de la Virgen

Esa devoción ha movido a cientos de personas, de forma espontánea, a cantar Je vous salue, Marie, el Ave María francés, congregadas en los alrededores de la gran hoguera que era anoche Notre Dame. Los franceses saben expresar su unión cuando la ocasión así lo requiere, que no en vano partió de ellos el hermoso canto de La Marsellesa. La Catedral de París era para ellos una vez más centro de devoción, aun cuando se estuviera destruyendo ante sus ojos lo tangible; y ha traspasado fronteras para unir a millones de personas en el mismo sentimiento de pérdida irreparable.

Todo ha ardido. Notre Dame de París ya no existe, pero lo que había de vivo dentro de ella se ha salvado. “Permanecerá mi Iglesia a lo largo de los siglos, y será eterna por grandes que sean sus enemigos“, porque el sentimiento y la devoción forman parte del sentir cristiano y no pueden ser destruidos.

 

 

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