La mesa de diálogo con el Gobierno de Pedro Sánchez ha abierto nuevamente las puertas de la Moncloa a Carles Puigdemont. Vuelve porque la composición de la delegación catalana ha dejado de ser del Govern y el expresident ha situado a la mitad de su ABCR (Elsa Artadi, Albert Batet, Jaume Clotet, Josep Rius) . Ese equipo de cabecera que trabajó con él en el Palau de la Generalitat dibujó la lista de Junts per Catalunya del 21-D y refuerza su poder cada vez que se acerca una campaña electoral.

Artadi, junto a Pere Aragonès, ya tuvo un grupo de WhatsApp con Carmen Calvo, que se cerró con la polémica del mediador; y Rius acompañó como jefe de gabinete a Puigdemont a la Moncloa en sus dos reuniones con Rajoy y en la de Quim Torra con Sánchez. Tampoco es baladí que Rius tenga línea directa con el núcleo duro de Sánchez.





El expresident había estado dos veces en el complejo presidencial. El primero, oficialmente, el 20 de abril del 2016, para poner sobre la mesa de Mariano Rajoy un documento con 46 demandas de Catalunya, comenzando por un referéndum. La segunda, de manera discreta, el 11 de enero del 2017 para dar por cerrada cualquier vía de diálogo con el gobierno popular tras un almuerzo que siempre se describió como cordial. Según el relato de Puigdemont a Xevi Xirgu en el libro Me explico. De la investidura al exilio (Plaza & Janés), Rajoy fue explícito: “Del referéndum, que sepas que no vamos ni a hablar. Ni a hablar. Y que lo vamos a impedir”.

El fondo no difiere de la posición de salida del PSOE. El PP estaba dispuesto a hablar de los 45 puntos restantes que presentó Puigdemont y que ha tuneado Pedro Sánchez en su
“agenda para el reencuentro”
presentada en su reunión con Quim Torra en el Palau de la Generalitat. Y se mantiene el rechazo al referéndum. La diferencia abismal es que ahora hay convencimiento político y, sobre todo necesidad electoral, de mantener vivas las vías de comunicación.


La batalla interna

El expresident refuerza a Puigneró y provoca recelos en el resto de aspirantes a liderar JxCat





Puigdemont no sólo se garantiza control sobre el contenido de lo que debe plantear el Govern. Sin debate interno previo, el expresident también señala a su candidato preferido para las elecciones catalanas al situar al conseller Jordi Puigneró en la delegación en detrimento de la portavoz, Meritxell Budó, pero también de aspirantes a encabezar JxCat como Damià Calvet, que se cayó a última hora de la lista. Y sin el conseller de Territori, la posibilidad de que la mesa acabe hablando de Rodalies se evapora… Puigneró llegó al Govern a petición de Torra y ahora contará con una plataforma propia gracias a la su vinculación con Puigdemont. Pero la exposición pública también provoca recelos en el resto de aspirantes.





También Pere Aragonès ha buscado un nuevo encaje. El vicepresident da un paso al lado, propicia que la mesa de diálogo arranque –se entierra la participación de las entidades– y, si hay frutos, justifica la negociación de los presupuestos con el PSOE. De lo contrario, habrá preservado su candidatura electoral de un fracaso. Situar a Marta Vilalta y Josep Maria Jové en la delegación avala además la continuidad del acuerdo de investidura y ofrece confianza a la Moncloa, molesta por la decisión de convertir una mesa de gobiernos en un escaparate de partidos.

ERC sospecha que Puigdemont pretende reventar sus comodines de campaña, pero el expresident sabe que la solución al conflicto político catalán pasa por los presos y él mismo. Y si la reforma del delito de sedición puede ayudar a Junqueras, la decisión más compleja para la Moncloa es la que pueda tener como destinatario a Puigdemont. Aunque para todo eso habrá que esperar a las elecciones catalanas e invertir en tiempo y trabajo discreto.





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