Traduciendo del inglés, el presidente Sánchez ha introducido la idea de comprobar “de qué material estamos hechos” a partir de nuestra capacidad de resistencia a la epidemia. En otras épocas menos ampulosas habría dicho “saber cómo somos”, pero son fórmulas que nos llegan de la industria de la autoayuda y que, no sé por qué, adoptamos como propias. El libro Sonríe o muere , de Barbara Ehrenreich (Ed. Turner) analiza el llamado “pensamiento positivo”, que con tanta profusión se ha extendido para reconfortar a personas en tratamiento oncológico o víctimas de situaciones difíciles. “Está claro que el peso de no ser capaz de pensar en positivo gravita sobre el paciente como una segunda enfermedad”, escribe con sabiduría Ehrenreich, denunciando la propensión de esta doctrina a convertirse en dogma.

La grandilocuencia que Sánchez ha exhibido en sus últimas intervenciones buscaba motivar a los ciudadanos con halagos que recuerdan la estrategia de los telepredicadores. Como el padre que exagera las virtudes de su hijo para reforzar su confianza, Sánchez insistió en la generosidad y el coraje solidario de los españoles. Su discurso pretendía fortalecer el vínculo emocional entre la responsabilidad individual y la colectiva pero en un momento dado pensé: “El presidente me está atribuyendo virtudes que no tengo”. Por suerte (o por desgracia), las circunstancias me hicieron entender que Sánchez buscaba ganar tiempo y cohesionar a los ciudadanos en torno a la idea de que el momento requiere sacrificios: el confinamiento hasta no sabemos cuando con la finalidad de proteger a los más vulnerables.


Precisamente porque sospecho de qué material estoy hecho, prefiero no ponerme a prueba





Aprovechando el privilegio de expresarme a través de esta columna, dejo constancia que no quiero saber de qué material estoy hecho. Es más: precisamente porque sospecho de qué material estoy hecho, prefiero no ponerme a prueba. Por ejemplo: cuando el presidente afirma que lo que nos mantiene encerrados en casa no es el miedo sino el coraje, lamento llevarle la contraria: en mi caso es el miedo. Tampoco fingiré sentirme complacientemente orgulloso de formar parte de nada. Que las autoridades me digan qué tengo que hacer y lo haré. Que den las explicaciones que puedan dar procurando no mentir (demasiado) y trataré de entenderlas con resignación, impotencia, rabia, malhumor, incredulidad, preocupación o desconfianza. Si el Gobierno no se cansa de repetir que el virus no tiene en cuenta la religión o las ideas de la gente, por la misma regla de tres tampoco debe tener en cuenta de qué material estamos hechos. Ni tampoco transmitir la idea de que sólo pueden combatir el virus los optimistas, los entusiastas y los que practican el pensamiento positivo. En nombre del interés general, presidente, no se fíe de qué dichoso material estamos hechos y, eso sí, cuente con los que sin ser ni optimistas ni entusiastas ni positivamente patriotas también intentaremos contribuir a que todos salgamos adelante. Suponiendo que salgamos adelante, claro.

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