La vida y la muerte son uno y el mismo misterio, y tienen una muy variada forma de representarse. El fenómeno aparentemente dual al que hago referencia tiene la virtud de adoptar cualesquiera formas imaginables, y, por supuesto, también el de aparecerse como un virus por momentos mortal de necesidad. La variante del coronavirus del que hoy todo el mundo habla, y que asola el paisaje de nuestras variadas costumbres (ir al trabajo y soñar despierto a lo largo de la jornada laboral o bailar toda la noche entre desconocidos), está devolviendo la normalidad de las cosas. Porque lo que no está en entredicho, o no debería estarlo, es que lo normal sea considerar que un mundo superfluo como el actual, y como tal hipertrofiado por culpa nuestra, sea una realidad real (valga el espejismo como redundancia). Lo que en verdad es hoy cierto, palpable, porque lo estamos sufriendo, es el virus, sus consecuencias, y el misterio, conviene insistir sobre ello, que lo hace posible.

El coronavirus es, en efecto, ahora el único absoluto posible, y nosotros, y por supuesto nuestra visión absurda del mundo, algo completamente relativo. El virus ha comportado que todos nuestros deseos hayan acabado reducidos a una nada muy significativa, una nimiedad que ha quedado a la vista fruto del inevitable confinamiento. Cuando uno se queda ahora absorto en casa, y no puede recurrir al pensamiento habitual, una sensación de vacío absorbe por completo nuestros contenidos mentales. ¿Qué queda entonces que todavía sea aprehensible en la supuesta realidad que nos circunda?

Me viene a la cabeza la película de Lars Von Trier, Melancolía, y aquel hermoso meteorito acechando nuestro planeta. Al final la colisión es inevitable y los protagonistas de la película, junto con el resto de sus congéneres, quedan reducidos a la misma nada que también nos está colmando a nosotros. Ese meteorito de Von Trier era una proyección de nuestra psique aplastándonos a todos, a nosotros y a nuestro miedo a la pérdida de una existencia ya de por sí enferma. Un correlato objetivo que se me antojó a la sazón insuperable.

El diagnóstico era entonces y es ahora igual de evidente. No le conferimos ninguna credibilidad a ese misterio que nos constituye, y que, en situaciones extremas como la presente, se crea su propio espacio a costa del nuestro y de nosotros. El referido misterio, y su correlato esta vez investido de propiedades víricas, es una alargadísima sombra que toma forma porque necesita ponerle remedio al estado melancólico que nos domina. Darle salida de algún modo a nuestro lado tan oculto como creativo. Lo hace además para que no nos sigamos llamando a engaño. En otras circunstancias parecidas las personas, mal que bien, le procuramos una solución a ese inconformismo, a la conveniencia de dar cada vez con un orden nuevo. Pero sucede que hay momentos en nuestra

exigua historia en que lo procedente es una actuación común, un replanteamiento global de las cosas. Algo así como una catarsis generalizada. Pero hay otra cuestión relevante que no podemos perder de vista si queremos vislumbrar un horizonte cercano. El misterio, es verdad, se está significando a escala planetaria, pero se percibe en términos estrictamente individuales. La experiencia, lo sabemos, se da siempre en cada uno de nosotros. Luego, ¿quién tiene en su mano evitar un fin del mundo como este? Dicho de otro modo: ¿quién tiene prefigurado ya un mundo nuevo en su mente

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