El emoticono empezó a recorrer los móviles de Brasil cuando Jair Bolsonaro acabó su discurso a la nación el martes por la noche, mientras a la misma hora los brasileños expresaban su rechazo al líder ultraderechista con una sonora cacerolada. El dibujito es expresivo: se ve al presidente con una camisa de fuerza y la bandera de Brasil.

Gripecilla” fue como Bolsonaro calificó al Covid-19, mientras pedía a los estados que están tomando medidas preventivas por su cuenta –principalmente São Paulo y Río de Janeiro, los más poblados y afectados– que acaben con el confinamiento y reabran escuelas y comercios. El gobernador paulista, João Doria, decretó cuarentena obligatoria desde el martes en su estado –que concentra la inmensa mayoría de contagios del país– mientras que el carioca, Wilson Witzel, está restringiendo algunas actividades comerciales y sociales. El líder populista volvió ayer a la carga, advirtiendo a ambos gobernadores que están cometiendo un “delito” porque están “destruyendo puestos de trabajo” y matizando que sólo deben permanecer en cuarentena ancianos y enfermos. Bolsonaro cree que la parada de la economía y sus consecuencias sociales puede ser más catastrófica que los efectos mortíferos del coronavirus. “Si la política de aislamiento continúa, tendremos el caos y el virus juntos”, agregó, pensando en el estallido violento que puede producirse ante la falta de recursos de los sectores pobres.






El mandatario ultraderechista califica de “gripecilla” el Covid-19 y es criticado hasta por sus aliados





Poco después, el presidente mantuvo una reunión por videoconferencia con todos los gobernadores, que acabó en un cruce de reproches e insultos entre Bolsonaro y Doria. “En vez de salvar vidas, se dedica a hablar de política y de elecciones”, dijo Doria, que también es populista y conservador, y que apoyó a Bolsonaro en su campaña electoral, al igual que Witzel. Aunque las encuestas aún indican un elevado índice de simpatía hacía el mandatario, Bolsonaro pierde cada día apoyos entre sus propias filas y en el Parlamento. Y en las últimas horas, aumentaban los rumores de dimisión del ministro de Salud, Luis Henrique Mandetta, que lleva días recomendando a la gente que se quede en casa, mientras el jefe del Ejecutivo dice lo contrario. Brasil tenía ayer 2.225 contagios y 47 fallecidos y era el país latinoamericano con más casos de contagio por el coronavirus, aunque también es el más poblado, con 210 millones de habitantes.

Nadie entiende muy bien qué pretende Bolsonaro, que se justifica emulando la actitud despreocupada ante el virus de su homólogo estadounidense, Donald Trump, y priorizando la economía. Las críticas le caen desde todos los sectores políticos, incluidos sus aliados. “O el mundo está equivocado y el presidente en lo cierto; o él está prestando un mal servicio a la nación”, declaró ayer el expolicía Sérgio Olímpio, líder en el Senado del Partido Social Liberal (PSL), la formación con la que Bolsonaro llegó a la presidencia.

Los principales medios de comunicación, que ya estaban enfrentados al mandatario, también están descolocados y no son capaces de encontrar sentido a la inacción del mandatario, más allá de su defensa de la economía. En este contexto, Bolsonaro suspendió esta semana la ley de acceso a la información pública, en otro más de sus gestos autoritarios.





Las columnas y editoriales de la prensa de ayer fueron demoledoras, pero quizás haya un titular que resume la indignación que cunde en Brasil entre los críticos de Bolsonaro. Lo escribió Vera Magalhães –periodista que ya se han enzarzado en varias polémicas con el presidente y sus hijos– en su columna de Estado de São Paulo : “Invitación al genocidio”.





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