Antes las abuelas bordaban mucho. Y cosían. Cosían los botones de las túnicas cuando llegaba la semana santa después de almidonarlas y de plancharlas,  las dejaban muy bien puestecitas sobre una silla con el capirote y todos los avíos, y después se asomaban a los balcones para ver alejarse al penitente de su sangre en un de punta en blanco conseguido con sus manos, orgullosas del producto de su trabajo.

 

En aquellos balcones reventaban los geranios y las gitanillas porque todas las abuelas han tenido siempre mano para las plantas, a base de regarlas y de quitarles las hojas secas con mucha paciencia con aquellas mismas manos que desgranaban guisantes como si deslizaran las cuentas de un rosario, o preparaban un café de poso muchísimo más rico que el Nespresso de George Clooney. Las manos de las abuelas se ajustaban las faldas de sus vestidos negros para que no se viera la liguilla de  las medias por debajo de las corvas, cuando se sentaban al fresquito en los patios o en las puertas, o en la misma playa atentas al peligro de los nietos.

 

Las manos de las abuelas nos colocaban de  mocitas las flores de gitana en el cabello después de probar el efecto a un lado o sobre la cabeza; la peina de carey bien sujeta en el moño y sobre ella la mantilla de su madre, antiquísima mantilla entolada por las monjas, tesoro donde los haya entre las familias andaluzas. Con aquellas benditas manos preparaban los pestiños, las torrijas, la leche frita, la poleá… hacían jabón y lavaban las pilas de ropa , doblaban las sábanas y guardaban las prendas primorosamente colocadas en un orden perfecto.  A veces enseñaban las sortijillas a las hijas o a las nietas, “Mira, ésta, el día de mañana, es para tí”, y las mirábamos entre el deseo de poseer la sortijilla y la pena de que para heredarla tenía que llegar ese día de mañana.

 

Las benditas abuelas se quejaban siempre de dolor de piernas. ¿Cómo no iban a dolerles? Nadie ha andado en este mundo más que una abuela, siempre para arriba y para abajo, mucho más que los abuelos, dónde va a parar… Los abuelos eran más de buscar carro o caballería, y burro si hacía falta, pero las abuelas se echaban a andar por Pentecostés esos caminos, bien cogido el cayado entre sus benditas manos; y las giraban flamencas, o tocaban palmas, con ese arte que no puede tener más que una abuela cuando se pone la bata peregrina.

A todo en esta vida nos han venido enseñando las abuelas, incluso a apreciarla. Nunca nadie habrá tenido mejor consejo ni más paciente escucha. Y nos siguen enseñando, hasta a colarnos, porque el arte más grande de las abuelas ha sido siempre saber colarse. “Es una preguntita nada más, niño”, que nunca lo es, pero tampoco importa.

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